LA CIENCIA, VEHÍCULO DEL CONOCIMIENTO HUMANO

La ciencia, un oasis de conocimiento del mundo natural mediante el cual se revela la grandeza y bondad de su Creador.

Interpretando el primer capítulo del Génesis con los Padres de la Iglesia

Rev. John Baptist Ku, O.P.



En este artículo consideraré la interpretación del relato de la creación en el primer capítulo del Génesis ofrecida por varios Padres de la Iglesia. La ganancia de esta empresa será la observación de que ha habido diferentes opiniones entre los más grandes santos y eruditos de la Iglesia. Al tomar nota de esto, podremos evitar una lectura miope del Génesis y por lo tanto alejarnos de una reacción desinformada, impulsada por el temor, a las afirmaciones materialistas ateístas acerca del origen del universo.

Voy a revisar brevemente las posturas de diez doctores de la Iglesia y luego consideraré la comprensión de San Agustín de Hipona con mayor amplitud. Agustín es una buena opción, no sólo porque sea una de las figuras más influyentes de la Iglesia, sino también porque es ejemplar al unirse explícitamente a la defensa de la verdad de la Escritura con una advertencia acerca de sacar conclusiones muy detalladas acerca de este evento misterioso anterior a la existencia humana.

Una distinción que se debe hacer preliminarmente, es la diferencia entre el acto de la creación, propiamente hablando, que es el producir algo donde antes simplemente no había nada, y el acto de hacer algo más interesante a partir de elementos básicos que ya existen. Con la ayuda de la filosofía griega antigua, algunos de los primeros Padres, ya articulaban esto, observando que el acto de la creación, propiamente hablando, debe ser instantáneo, dejando la cuestión de los seis días como una cuestión de interpretación de la formación de los elementos básicos creados de la nada.

Algunos Padres de la Iglesia sugieren una lectura de los seis días como períodos de veinticuatro horas, como Ss. Basilio el Grande, Ambrosio de Milán, y Juan Damasceno. Al hablar del “primer día,” Basilio explica que “es como si (la Escritura) dijera: veinticuatro horas miden el espacio de un día, o que, en realidad, un día es el tiempo que a los cielos, comenzando en un punto, les toma para volver allí.” Y Ambrosio, comentando también sobre el primer día, afirma que “la Escritura estableció una ley de que veinticuatro horas, incluyendo el día y la noche, se debe nombrar como un solo día, como si uno fuera a decir que la duración de un día es veinticuatro horas en punto.” Juan Damasceno describe la duración de un día con fenomenal detalle, comparando el solsticio solar con el equinoccio solar, y al período de la luna con el sol, cuando pondera que el sol ha sido creado en el cuarto día. Sin embargo, para recordar nuestra distinción señalada anteriormente, Basilio, Ambrosio, y Damasceno también enseñan que el universo fue creado instantáneamente; es decir, el tiempo sólo comenzó con la creación, por lo que el acto mismo de la creación estuvo fuera del tiempo.

También encontramos doctores de la Iglesia que no suponen que un día en el tiempo del Señor sean veinticuatro horas. Ss. Justino Mártir e Ireneo de Lyon citan la línea de “El día del Señor son mil años” del Salmo 90:4 en relación con Adán muriendo en “el mismo día” en que comió la manzana. Y San Cipriano escribe que “Los primeros siete días en la disposición divina, contenían siete mil años.”

En la misma línea, pero con consideraciones metafísicas más profundas, San Clemente de Alejandría y Orígenes, ambos evocan Génesis 2:4: “En el día en el que el Señor Dios hizo la tierra y los cielos,” como evidencia de que los “seis días” deben  tomarse  figuradamente. En su Miscelánea, San Clemente señala que la creación no pudo haber tenido lugar en el tiempo porque el tiempo en sí mismo fue creado. Así, las cosas nuevas pueden ser “generadas” en un lapso de días, pero la creación en sí misma no transpiró durante un período de tiempo, sino que es más bien, la fuente del tiempo.

Orígenes argumenta similarmente que “no había aún tiempo antes de que existiera el mundo,” y que los primeros días no pueden tomarse literalmente porque no puedes tener un día sin un sol, una luna, y un cielo. Así, a principios del siglo tercero, Clemente y Orígenes ya habían articulado las dificultades centrales acerca de tomar seis días ordinarios como el sentido literal del primer capítulo del Génesis.

San Agustín no interpreta los seis días de la creación como seis períodos de veinticuatro horas. Él trata este tema en diferentes obras y es consistente en este punto. En su Comentario literal al Génesis, Agustín explica que en una narración, tienes que dar una cosa antes que la otra, pero eso no significa que haya una diferencia en el tiempo. Por lo tanto, el primer y el segundo día no son diferentes tiempos, sino diferentes órdenes. Él ofrece el ejemplo del lenguaje: “pues el que habla no emite primeramente una voz informe a la que después pueda coger y formar en palabras, así el Creador no hizo en tiempo anterior la materia informe, y después, según el orden de cada naturaleza, la formó como por una segunda reconsideración. Creó, pues, ciertamente formada la materia.”

En una forma que recuerda el argumento de Orígenes, Agustín duda del recuento de los seis días ordinarios, señalando que el sol no se le podría a Dios en su creación –pues a dónde se iría, a otro universo? Y no muy diferente de Clemente, Agustín insiste que la creación tuvo que ser instantánea: “A no ser que quizá sea alguno tan insensato que juzgue, puesto que Dios está sobre todas las cosas, que pronunciadas por la boca de Dios estas palabras, aunque pocas, pudieron alargarse por todo el espacio del día.”

De forma útil para nuestra consideración general, Agustín advierte en contra de pretender tener una sola interpretación correcta de estos pasajes difíciles: “a ninguna de ellas nos aferremos con precipitada firmeza a fin de no caer en error; pues tal vez más tarde, escudriñada con más diligencia la verdad, caiga por su base aquella sentencia. No luchamos por la sentencia de la divina Escritura, sino por la nuestra, al querer que la nuestra sea la de la divina Escritura, cuando más bien debemos querer que la de la Escritura sea la nuestra.”

Agustín añade proféticamente que sólo dañamos la credibilidad de la Escritura –especialmente en la mente de los no creyentes educados en la ciencia-, si sacamos conclusiones equivocadas sobre la ciencia de la Biblia: “es demasiado vergonzoso y perjudicial (para un infiel),… que un cristiano hable de estas cosas como fundamentado en las divinas Escrituras”

En resumen, está claro que los diferentes Padres de la Iglesia interpretaron de distintas maneras el primer capítulo del Génesis. Ciertamente, como lo muestra San Agustín, uno de los más grandes teólogos de la Iglesia, no todos interpretaron el sentido literal de los seis días como seis períodos de veinticuatro horas. Y en los Padres influyentes que sí interpretan así los seis días, encontramos la distinción entre la creación, que es instantánea y posterior al tiempo, y el posterior desarrollo de dicha creación en seis días.TJ
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